Tocando tierra
Cuando una posee naturaleza etérea y le gusta vivir alternando con quimeras, hadas y mundos envueltos en esferas que cuando osan romperse causan cataclismos, nada mejor que hayar una manera de aterrizar, de tocar el principio de realidad, y para mí, nada mejor que yoga.
Afianzar los pies al piso, sentir un sostén que permita reconocer al cuerpo como mi herramienta. Habitarme desde el silencio que permiten las asanas y la voz tranquila de mi maestra, al ritmo de la respiración y de nuevo ser dueña de mí; instantes sin nadie más que yo, sin roles ni expectativas. Así, puedo jugar a ser árbol, águila, tortuga o cuervo y retar al cuerpo, comprobar que la memoria muscular es asombrosa y que puede hacer las posturas sin mucho esfuerzo, no con tanta amplitud como antes, pero si llegar.
Yoga me permite tocar tierra y para un ser de agua y viento, de fuego y éter, es justo lo que me da fuerzas para otra vez, volar.





