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A través de ella

El mundo de las letras es una hoja cualquiera sobre un escritorio. Sobre él se posa una burbuja cristalina, fría y pesada, guardiana de los colores que imprime su mirada vidriosa a las palabras habitantes para mutarlas en caricias desteñidas de una tarde de oficina.

Las vocales adquieren diferentes contornos al desdibujarse convexas mientras el azul tornasolverde acaricia la curva acinturada de la O. El calor del roce la transfigura en B, mientras el naranja pasión que habita la burbuja juguetea curioso con los puntos; los estira, estruja, besa hasta que –rendidos– ceden su volumen y se pierden en la blancura amplia y absorbente del papel.

Princesa posmoderna

Erase una vez una pequeña princesa. Tenía nanas y sirvientes, institutrices, maestros de danza y algunos compañeros de juegos. La princesa vivía en un palacio modesto, bastante parecido a una casa de nuestra época, pero a sus ojos infantiles era tan grande como las 1000 habitaciones de Versalles. Poco importaba que las nanas, institutrices y maestros en realidad fuera una sola persona, o que los compañeros de juegos sólo vivieran cuando ella los llamaba desde ese mundo de amigos de los niños pequeños, de los imaginarios si es necesario aclarar.  La princesa era feliz.

Por las mañanas cantaba, jugaba y aprendía sus lecciones. Por las tardes hacía sus deberes y se entrenaba entre juegos para el trabajo que le estaba destinado: ser la reina del hogar. El trapito para sacudir daba paso a los bebés de tela, y los juegos de té a las escobas, porque como bien decía su madre –para saber mandar, hay que saber hacer–.

Los años pasaban y la pequeña niña un día despertó convertida en mujer. Bueno, podríamos decir que biológicamente en mujer, porque de alma y mente, continuó siendo niña algunos años más. Entonces, comenzó uno de los aprendizajes más importantes: cómo conseguir un príncipe. El asunto era tan complejo que requirió varios cursos avanzados: Cómo mover el abanico de manera coqueta, Besar ranas, convertirlos en príncipes y la manera de conservarlos en su estadío humano,  Dejar de ser princesa para ser reina en otro hogar y Cómo engalanar los banquetes de toda ocasión.

Claro, lo que no enseñaban es que en el mundo en donde la princesa se viste de traje y sale a cazar números, letras, contabilidades, leyes o cualquier otra profesión que le permita alimentarse a ella y a su familia,  era cómo ser feliz, mantener un hogar, negociar con el marido y los hijos y no perder la cordura en el intento…

Cómo terminar la historia? Acaso lo sabes?

Amanecer

En el laberinto, el día despunta en rosa y vainilla, al fondo la silueta de los cerros coronados por un extraño castillo en sombras. En primer plano un árbol alza sus ramas como mis dedos en las noches insomnes, cuando quisieran tocar tu sombra.

Retazos de azul grisáceo entre nubes algodón dulce se asoman mientras siento tu abrazo en mi cintura, tu barbilla en el hombro. Tarareamos entre el sueño el anhelo de un día de paz, un remanso entre la locura cotidiana, entre la lucha por escapar de aquí.

El laberinto se remueve contra aquellos seres felices, les envía desgracias y tristezas, trabajos forzados, demonios vestidos de miedos e inseguridades. Sólo que hoy, este día naciente no logrará su cometido, tengo la fuerza necesaria, he visto a un árbol guiñarme en flor.

Humedades de medianoche

Deseo tu mirada sobre mi cuello, tu mano acariciando la base del cabello, erizando hasta las raíces mi conciencia mientras crece la humedad entre mis piernas. Te pienso. Cierro los ojos y paladeo tu mano en mis senos mientras susurras “perfectos”. Mi mano se desliza en tu espalda, primero con un suave roce, como tocado por alas de libélula, enseguida la uña del índice cobra vida propia y dibuja en un araño tu espina dorsal mientras la lengua traza espirales en tu oreja.

La uña sobre tu espalda se duplica y ahora dos dedos, dos uñas, recorren los omóplatos signándote mío, por hoy, por esta noche. Dos uñas, cuatro, diez uñas te recorren marcando territorio, la espalda baja, las nalgas, los muslos cual juncos se doblan, me invitan a recorrerlos, pero no, todavía no.

Tus labios de granada se acercan a los míos, los rozan, muerden, besan. Paladeo vodka y refresco de limón, menta y el dejo amargo del deseo, ese que crece entre mis piernas, ese que acrecienta tu centro, que inflama tu lengua y me susurras amores mientras me besas boca, ojos, cuello.