Sal
Desde un rincón de mi tristeza, animada por un día soleado y ventoso, comparto este texto de una de las diosas de la literatura. Ella, Luisa Valenzuela, viene a México y mi maestra-amiga y yo comenzamos a fraguar sueños para verla… (suspiro).
Sin más, dejo colgado en la ventana
Sal
Luisa Valenzuela
Entre nosotras el llanto está prohibido. Otras manifestaciones emotivas, otras emociones no, pero sí el llanto: prohibido. Al celo, por ejemplo, podemos darle libre curso y alegrarnos. A los celos, en cambio, debemos mantenerlos bajo estricto control, podrían degenerar en llanto.
¿Por qué tanto miedo a las lágrimas? Porque las máscaras que usamos son de sal. Una sal roja, ardiente, que nos vuelve hieráticas y bellas pero nos devora la piel.
Bajo las rojas máscaras tenemos el rostro en carne viva y las lágrimas bien podrían disolver la sal y dejar al descubierto nuestras llagas. La peor indecencia.
Nos cubrimos con sal y la sal nos carcome y a la vez nos protege. Roja sal la más bella, la más voraz de todas. En tiempos idos nos restregaban la boca con sal roja, queriendo lavarnos de impudicias. ¡Brujas! gritaban ellos cuando algo perturbaba el tranquilizante orden por ellos instaurado. Y nos refregaban la cara contra la roja sal de la ignominia y quedábamos anatomizadas para siempre. ¡Brujas! nos acusaban, acosaban, hasta que supimos apoderarnos de la sal y nos hicimos las máscaras más bellas, iridiscentes, color carne, traslúcidas de promesa.
Ahora ellos, si quieren besarnos – y todavía a veces quieren – deben besar la sal y quemarse a su vez los labios. Nosotras sabemos responder a los besos y no tenemos inconveniente en quemarnos con ellos desde el reverso de la máscara. Ellos/nosotras, nosotras/ellos. La sal ahora nos une, nos une la llaga y sólo el llanto podría separarnos.
Con máscara de sal nos acoplamos y a veces los sedientos vienen a lamernos. Es un placer perverso: ellos quedan con más sed que nunca y a nosotras nos duele y nos aterra la disolución de la máscara. Ellos lamen más y más, ellos gimen de desesperación, nosotras de dolor y de miedo. ¿Qué será de nosotras cuando afloren nuestros rostros ardidos? ¿Quién nos querrá sin máscara, quién en carne viva?
Ellos no. Ellos nos odiarán por eso, por habernos lamido, por habernos expuesto. Por habernos ellos lamido, por habernos ellos expuesto, ellos. Y nosotras sin siquiera derramar una lágrima, sin permitirnos nuestro gesto más íntimo: la disolución de la propia máscara gracias al prohibido llanto que abre surcos para empezar de nuevo.
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November 21st, 2007 at 6:23 pm
Qué hermoso cuento! Estaré atenta a su visita para conocer más de sus trabajos.
Un abrazo enorme, que ilumine tu semana.
November 23rd, 2007 at 4:59 pm
Amiga no estes triste!!! ya es fin de semana!!!! disfruta con tu familia y nos leemos el lunes primero Dios. byeeeeee
November 27th, 2007 at 2:56 pm
Mi querida Hada, ¿todo bien? ¿cuándo llega la Maestra Valenzuela?
Te dejo mil besos y otros tantos aullidos.
November 27th, 2007 at 7:07 pm
Mariposa, Luisa Valenzuela escribe… bueno, es de las Diosas, jejeje.
Un abrazo enorme desde este semi-inicio de semana.
November 27th, 2007 at 7:07 pm
Yanett, gracias por los buenos deseos.
Un abrazo
November 27th, 2007 at 7:08 pm
Querido Juan de Lobos, la maestra presenta un libro hoy 27 o mañana y el taller lo dará el fin de semana.
Y las cosas se mueven, no se si eso es bien o no, pero se mueven.
Un beso
December 6th, 2007 at 10:48 pm
Gracias por el cuento, está maravilloso.
la sal un poco como la piel de quien deja su rastro en una noche tan fría como la de hoy y tan ardiente que entumece los dedos y no deja postular bien las mejores letras…
Hoy tras leer tan sólo quisiera exponerme…
Mis mejores deseos