Epístola a bordo de quimeras navegantes

Por gracia de la ficción voy junto con otras viajeras a bordo de una nave de locura, tras los pasos de un Ulises fugado, y desde la paz relativa del camarote, escribo unas cuantas líneas con respecto a la travesía a mi amiga, la Señora C, de la cuál somos corte acompañante:

Querida, vayamos pues en busca de rumbos diferentes en medio de esta mar embravecida de sal, de sol, de soledad. Vamos, enloquecidas puesto que sólo así es una capaz de arriesgar el ser en pos de un amor, acompañándola en su búsqueda, y cada una en la propia. Todas esperamos encontrar.

Nuestro valiente capitán ha sufrido un accidente menor (se ha tirado por la borda siguiendo el canto de un tritón y el precio del rescate fue un tobillo luxado), y el hecho de observar –como lo hace el Caballero De Lira– el rumbo a través de un caleidoscopio pareciera peligroso, sin embargo estoy convencida de que es la única manera de arribar a alguna orilla distinta, porque el problema de los catalejos es que sólo muestran el camino habitual, y ¿estamos seguras que ese es el rumbo que habrá de guiarnos?

Así, preocupada porque el mareo descomponga el estilo, bordo una nueva vela, compongo un verso, sueño con el día –la noche ,mejor– cuando el hombre real no sólo aparezca, sino que permanezca presente, lado a lado.

Suya siempre,
Lady I

This entry was posted on Wednesday, September 9th, 2009 at 6:02 pm and is filed under Epístolas, Laberintos, Pensamientos y reflexiones, Relatos, cuentos y mini ficciones. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

One Response to “Epístola a bordo de quimeras navegantes”

  1. September 11th, 2009 at 10:28 am

    Carla says:

    Mi Lady: me inclino ante vuestra voz, me quito el sombrero. La señora C, por desgracia, se ha quedado atrás, presa de la ilusión. Ahora nomás este pirata cojo; este pervertido de la oscuridad que por hoy no es quién, Nadie es para ejemplificar nada. Son días de navegación aguardar y aguardar hasta tocar tierra, y partir de nuevo y aguardar otra vez; así ha sido mi destino de errante; pues no he sido isla de gaviotas ni atardecer de luz; ahora está cabrón en mi alma, este malandrín que soy.

    Primer Admirante a Bordo

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