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Sueño

La mano abierta para alcanzar los puntos cardinales de mi ser. Los tendones duelen, es necesario cerrar. Los dedos se reúnen, las yemas convergen y forman una pequeña cumbre donde se yergue un castillo resguardado por dragones y monstruos míticos, en donde la princesa aguarda junto con el secreto del alma. Ella murmura en la duermevela: soy el centro que tus manos buscan, soy la estrella que guía tu destino, soy madre, hija, abuela, soy tú, eres yo, somos una, somos hoy.

La soñadora ha llegado a puerto, ha atracado en el corazón.

Instrumento

Hubo una vez una mujer luz que anhelaba ser distinta, quería ser voz. Así, se guardó en fruto y semilla de roble. Esperó. Pasaron décadas. Un laudero encontró a la mujer arbol y la transformó. Hoy brilla en notas y sonidos. Es canción.

Laberinto XVI

Otra vez en este impasse de nada, de tiempos varados en la playa de este laberinto, el de siempre.

Que suene el teléfono, que timbre el mensajero, que de la hora de salir… Es igual.

Siempre a la espera de algo, de ese futuro que nunca llega y lo único que logra es alargar los tiempos. El presente no es, puesto que no transcurre, sólo quedan en el piso los minutos muertos. Han pasado tres horas, dos días, un semestre y descubro que sigo instalada en un lugar parecido.

Tuve la ilusión de caminar. Me detengo un instante y veo el paisaje; es el mismo. Una playa desolada, nadie cerca, sólo sombras de quienes pasean cercanos, sus presencias son nubes que dan sosiego la vida en el laberinto. En este momento sólo queda prepararse como el guerrero, lista para otra batalla, por si es, por si no.

Ausencias

Madrugada. Una cama vacía. No queda huella de tu presencia, tampoco permanece la marca que habías dejado en mi espalda.

Las piernas susurran tu nombre cuando rozan despacio contra las sábanas mientras el pie derecho recorre lento la piel de la otra extremidad llamándote, convocando el escalofrío de la mano, de la lengua que subía por el empeine, beso a beso, a la espinilla, la corva, el muslo; un alto para permitir a esos ojos traviesos encontrarse con los míos; mirada cómplice, invitante. La piel incendiada obligaba al resto del cuerpo a moverse, la pierna izquierda abrazaba tu espalda con la lentitud de una gota de lluvia primaveral, para con la misma velocidad acariciar la superficie acerada, bajaba a las nalgas con una insinuación: —continúa, sigue—. Amable, tu cuerpo correspondía. Centros concéntricos en unión. Mástil, embarcación, puerto húmedo, gozo profundo de la caricia interna y de las palabras apenas pronunciadas entre jadeos, frases construidas por los cuerpos en juegos y batallas, lugares comunes del deseo.

La cama sigue vacía y mi mano se agotó de recorrer tu ausencia, deseo nuevas tintas en la piel, palabras aún por pronunciarse que conformen otra historia —incluso en tu voz, una vez más—.

Epístola a bordo de quimeras navegantes

Por gracia de la ficción voy junto con otras viajeras a bordo de una nave de locura, tras los pasos de un Ulises fugado, y desde la paz relativa del camarote, escribo unas cuantas líneas con respecto a la travesía a mi amiga, la Señora C, de la cuál somos corte acompañante:

Querida, vayamos pues en busca de rumbos diferentes en medio de esta mar embravecida de sal, de sol, de soledad. Vamos, enloquecidas puesto que sólo así es una capaz de arriesgar el ser en pos de un amor, acompañándola en su búsqueda, y cada una en la propia. Todas esperamos encontrar.

Nuestro valiente capitán ha sufrido un accidente menor (se ha tirado por la borda siguiendo el canto de un tritón y el precio del rescate fue un tobillo luxado), y el hecho de observar –como lo hace el Caballero De Lira– el rumbo a través de un caleidoscopio pareciera peligroso, sin embargo estoy convencida de que es la única manera de arribar a alguna orilla distinta, porque el problema de los catalejos es que sólo muestran el camino habitual, y ¿estamos seguras que ese es el rumbo que habrá de guiarnos?

Así, preocupada porque el mareo descomponga el estilo, bordo una nueva vela, compongo un verso, sueño con el día –la noche ,mejor– cuando el hombre real no sólo aparezca, sino que permanezca presente, lado a lado.

Suya siempre,
Lady I

Pasado murmurante

mundos_de_murmullos.jpgUna cama en el centro de la habitación; las mariposas y catarinas, verdes, moradas, con puntos rosas y amarillos, velan el sueño de la promesa humana que reposa el cansancio de crecer. La niña sueña un transuniverso en el cual giran pequeños planetas, planetoides, cuasiplanetas en espiral eterno e infinito interrumpido sólo por la aparición del alba. También imagina una hermana con quien compartir juegos y desamores, los dulces robados después de la comida y la amargura de sangre en los labios al despertar gritando tras la pesadilla. La pequeña transforma la habitación cuadrada en cosmos circular, flotante, habitado tan sólo de un par de camas gemelas. Una de las camas la usa para dormir, en la otra juega con las cobijas: arma un refugio, una casa en la que habita una pequeña familia con dos hijas. La niña sueña y mientras lo hace, murmura.

Mundo pequeño, instante preciso en el tiempo. Caricia con la palabra futuro grabada en fuego. Deseo. Despertar adolescente que descubre diminutas protuberancias en su pecho; ha dejado atrás la infancia. Olvidada está la muñeca de ojos verdes y trenza francesa, el vestido con florecillas bordadas en tonos pastel, el juego de té color durazno. Ojos entrecerrados al pasar el dedo sobre la piel, vislumbrando semicírculos voluptuosos, deseo erguido en frío, forjado en el calor de la caricia a manos del amante, del que nada sabe, aquel hombre tan sólo hilvanado en un tiempo verbal todavía no conjugado. El murmullo signa lo que ha de ser: este instante.

Obra escultórica: Pilar Bañuelos
Fotografía: Alberto Tarragó

Invocación de lluvia

Truena. El cielo refleja mi grito de ansiedad. Truena. Deseo verte. Truena. En este instante, no estás.

Comienza a llover. Las gotas acarician las hojas tal como quiero que acaricies mi brazo: recorriendo milímetro a milímetro con la humedad de tus labios su forma hasta llegar al hombro, al cuello para ahí dejar la suavidad del recorrido. Sólo entonces tomarás mi cabeza entre tus manos para besarme de a poco.

Gotas

Llueve. Una gota resbala entre mis senos, acaricia cada milímetro en su carrera al pozo del infinitesimal deseo. La gota es ahora del sudor compartido mientras nos hacemos uno entre giros y retruécanos del verso rococó.

Otra gota salobre se desliza ahora por el cuello, avanza caricia a caricia. Se encamina a la sorpresa de una mirada tan intensa que evapora el agua en recorrido por los brazos, el abdomen, la onda del cabello.

Una gota más se detiene en la comisura de la boca, quiere ser parte de un beso.

Cenizas

No sólo se incineran en el beso, no se hacen humo con la mirada límpida de mi alma intensa; también se desmoronan átomo a átomo, bit a bir con el toque del pensamiento.

Sueño helado

Fue justo en una noche canicular, tu piel se perlaba salobre, tu boca anhelaba frescura. Entonces pensaste en mí.

A través de mi cuerpo translúcido observaste el aire nocturno de abril. Con ojos cerrados acercaste la boca. Por el calor de tus labios desprendí cinco gotas de mi cuerpo helado, mismas que –con total placer– recogiste con la lengua. Permitiste que acariciara cada milímetro de tus labios, barbilla, cuello, pecho. Suspiraste quizá debido a lo refrescante de mi piel.

Pensé  deshacerme en tí, transformarme en líquido para refrescar la noche, la memoria, la sed. Como leyéndome el pensamiento, fui llevada de nuevo a tu boca y con tus besos saciaste el ansia. Por unos instantes fui toda para tí.

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