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Nostalgia de mar

Quiero escuchar las olas, y caminar justo en el borde del agua, ahí donde la arena está húmeda y existe el riesgo de mojarse por un instante, sólo si la ola rompe más cerca de los pies. Luego ver las huellas borrosas y quedarse quieta un rato hasta que el mar se las lleva a paseos infinitos. Parten las huellas y los sueños inconclusos, se borran las huellas y los miedos, y la espuma besa el arco del pie, se mete entre los dedos, invita a adentrarse en el océano.

Anhelo sentir el agua en ese juego indeciso acariciando mis pies y las cosquillas resultantes de la arena deslizándose cuando las aguas se retiran. Y un paso más, y otro, y brincar la ola rompiente con el agua hasta las rodillas y correr hacia cualquier lado, siempre paralela al mar. Sumergirse es divertido, sin embargo, no tan sensual como ese coqueteo discreto.

Mar, oh mar, a mar, amar. Qué fácil resulta jugar con el mar, la mar. Cursi quizá, sin embargo, este es el humor resultante de pensar en el mar. En los atardeceres rojos de Vallarta, con el pueblo de tejas a la espalda y el océano infinito a los pies mientras el sol se desliza hacia las profundidades.

Por eso hoy lanzo una botella que ha de llegar al mar mientras suspiro en una oficina y pienso en el sabor a mar.

Epístola a bordo de quimeras navegantes

Por gracia de la ficción voy junto con otras viajeras a bordo de una nave de locura, tras los pasos de un Ulises fugado, y desde la paz relativa del camarote, escribo unas cuantas líneas con respecto a la travesía a mi amiga, la Señora C, de la cuál somos corte acompañante:

Querida, vayamos pues en busca de rumbos diferentes en medio de esta mar embravecida de sal, de sol, de soledad. Vamos, enloquecidas puesto que sólo así es una capaz de arriesgar el ser en pos de un amor, acompañándola en su búsqueda, y cada una en la propia. Todas esperamos encontrar.

Nuestro valiente capitán ha sufrido un accidente menor (se ha tirado por la borda siguiendo el canto de un tritón y el precio del rescate fue un tobillo luxado), y el hecho de observar –como lo hace el Caballero De Lira– el rumbo a través de un caleidoscopio pareciera peligroso, sin embargo estoy convencida de que es la única manera de arribar a alguna orilla distinta, porque el problema de los catalejos es que sólo muestran el camino habitual, y ¿estamos seguras que ese es el rumbo que habrá de guiarnos?

Así, preocupada porque el mareo descomponga el estilo, bordo una nueva vela, compongo un verso, sueño con el día –la noche ,mejor– cuando el hombre real no sólo aparezca, sino que permanezca presente, lado a lado.

Suya siempre,
Lady I

Espístola desde un lugar al otro lado del espejo

Esta carta no tiene destinatario, puesto que –al parecer– habito ahora en ninguna parte, en ese reino misterioso que existe al otro lado de la realidad.

Todo comenzó una tarde estival en la que charlaba con algunas damas de la corte sobre amores, desamores, demonios y otros tormentos que todos habremos de enfrentar. En algún momento pedí prestado el espejo de la Señora C. En lugar de mi acostumbrada faz, vi la imagen de una gorgona, con todo y los cabellos serpentinos tan habituales en dichos seres.

Antes de convertirme en piedra, cerré los ojos y sin un adios dejé mi alma huir hacia el espejo.

El mundo acá, es distinto. Una prisión translúcida separa mi alma de todo aquel quien ose acercarse; el deseo de adueñarse de todo habita mi cuerpo, invade cada mueble, el tapiz de flores, los jardines de Palacio y espanta a los valientes que observan de reojo al espejo. No he de regresar a la corte mientras el monstruo no esté domado.

La rabia arde, me obliga a vomitar el miedo y cuando estoy libre de mi, puedo darme cuenta de que la prisión es sólo mía, igual que aquella otra en la que esperaba crecer, no hay tales fantasmas persiguiéndome, son sólo los compañeros de siempre, esos a quienes hay que aceptar para verlos en dimensión. No han de vencerme, ya no.

Así, gracias a las palabras epistolares de un Barón y un Consejero de Reyes y Eminencias, me atrevo a soñar con el retorno. Después de todo, el otro lado del espejo es igual.

Epístola a un vagabundo de fuego

Vagabundo, tras las huellas ardientes de una mujer estrella, sigues sus pasos sin pensar a donde te llevan. Quizá fue sólo inspiración momentánea lo que te impulsó a salir de tu mundo cómodo, a huir del espiral rutina de tu vida diaria.

Epístola-invocación

Declaración al viento:

Los príncipes no existen, por eso abandono el palacio, abro los ojos y salgo al encuentro de un hombre real. De aquel que no se esconde tras la máscara antifaz de indiferencia, de aquel con suficiente valor para hacerse cuerpo presente e ir al cine o al café, sin convertirse en roca o estrellarse ola desmenuzada en la costa abrupta de su miedo.

Epístolas de mujeres fuego

El portador de esta misiva quedó atrapo en tormentas tan intensas que volaban mujeres en telas y las intenciones se confundían, así que para no perder la encomienda, prefirió guarecerse unos días. Por fin, regresó a La orilla de la realidad, para ser remplazado por ahora este ágil jinete quien ha de entregar la misiva en vuestra mano…

Querida Señora C , y por intermediación suya, queridas Damas de la Corte Real:

Somos hadas fuego pasión en distintas versiones, incapaces de creer en el desamor como destino, sería como renegar el color de los ojos, del signo que ha bordado carne y vocación.

Somos mujeres fuego, es la latencia oculta en la naturaleza solar que compartimos; esto es lo que aviva las brazas de la escritura y la creación. Ese calor nos obliga a salir y continuar  –a pesar de la tristeza momentánea, el cansancio vulgar, la alegría desaforada, o el velo místico de un instante eterno de luz– nos impulsa a ganarnos el sustento, dar clases, escribir un renglón, guiar hijos, pasear perros.

Es el fuego lo que forja las alas: draconianas, amplias fuertes y listas para el vuelo, las suyas; sutiles, invisibles, aún entre bruma detenida en gasas, las mías.

Fuego naturaleza élfica: hada nocturna apasionada, hada ligera, encantadora de palabras al amanecer entre un abrazo un día cualesquiera.

Pareciera ser el fuego el que hace bruma a los hombres pero no. Quizá si ahuyente a los cobardes, aquellos inseguros de la templanza de su acero. Quizá transforme en vapor a los hombres agua o rompa con la intensidad de  la flama siempre encendida a aquellos hombre tierra, convertidos en barro casero. Pero –guardo la esperanza– de que existen vagabundos intensos,  hombres fénix, hombres fuego, que disfrazados de poetas, maestros, abogados, bailarines, doctores, periodistas, amos de las relaciones públicas o caminantes de rumbos terrenos, tienen alma en llamas.

No son príncipes ellos.

Dejemos, pues, de buscar príncipes desteñidos, de besar sapos para romper hechizos,  abandonar el calzado a cada paso; basta ya de soltar por las noches la trenza al viento para que el esquivo caballero llegue a la alcoba a robar un beso.

Guardemos en la caja mística resistente al fuego, este instante luminoso en el que sabemos vendrán hombres fuego. Conservemos la energía con la que buscamos, amamos apasionadamente, escribimos, lloramos. Queridas, transformemos.

Epístola al borde de la realidad (una vez más)

Querida Señora C.

Encuentro la pluma de pavo real tendida junto al cartapacio, el tintero rebosante en azul y al lado de todo, una nueva epístola. Ello me anima a retomar la correspondencia iniciada en los tiempos remotos. Así pues…

De las últimas palabras que intercambiadas han pasado lustros, planetas, vidas. Usted se encontraba entre las Hermanas del Silencio bordando sudarios de palabras, yo sobrellevaba la vida en la Corte de Oz mientras aventuraba mis pasos en direcciones distintas a las habituales. En ese tiempo conoció –o reconoció, sería adecuado decir– al Caballero Armónico, quien en estos momentos vaga en el Bosque del Absurdo, persiguiendo dragones intangibles. El Caballero sintiéndose indigno de vivir en la corte real, se exilió. Recuérdelo siempre, ante la posibilidad de realizar el sueño, huyó.

Casualmente en uno de los bailes de la corte, el Barón de R me ha dicho: “los príncipes se destiñen a la primera lluvia”.

El Caballero perdió su color.

Querida amiga, percibo su serenidad, esa re-signación de la que tanto hablamos, ha iniciado ya la reconstrucción que el I-Ching nos marca (curioso destino compartido), está lista para nuevos vuelos, para enfrentarse a la mar en busca de la Sol-Edad. Ese destino no es sencillo, no es para cualquiera, sólo para aquellos corazones fuertes, inmolados a la vista de todos, arropados en palabras, cocidos en fuego lento, y que –debido a todo esto– gracias a las energías creativas de la noche y la luz fénix que la sostiene, es capaz de elevar la mirada y continuar, serena.

Henos una vez más en el instante de creación, dispuestas a inventar una receta diferente para el Potaje, aquella que abra la posibilidad de des.anudar el impedimento para volar.

Con cariño, suya siempre

Lady I

Botella al mar

Desde algún recodo del laberinto escribo hacia ninguna parte. Tiempo ha desde que tu vela tomó rumbo hacia otros horizontes. Tiempo ha de tus palabras a media voz en la penumbra de la madrugada, de la caricia que suavizaba tu piel arena.

En estas líneas escribo con el corazón al viento y la plegaria en los ojos aquello a lo que no puedo dar voz,  mientras recuerdo tu mano en el cuello, tu guía discreta en mis vuelos erráticos de mariposa solar.

Con nostalgia veo el día en que caminé tres metros por sobre el piso por la emoción erizándome desde la base del coxis para energizar cada célula, cada lágrima, cada pensamiento y convertirme en mujer fuego, incendiada en la pasión destino: ser signo y  luz.

¿Recuerdas? un día fui caricias en viento a través de las hojas de otoño, transfigurada en  la ropa que tocó tu piel. Una noche hablamos entre sábanas, recargado en mí sin hacerte piedra, compartimos alimento e intimidad; confié y dormí en tus brazos. Fuiste puerto seguro y quise soltar amarras sin perder o que soy y a quien rescaté. Hoy me pregunto si fuiste un sueño, o era tu destino servir de ángel guía un breve trecho del viaje por el laberinto. Hoy me pregunto qué habré sido para tí.

No he de escribirte más.

Invoco al viento furioso a borrar las huellas en la playa desamparo.

Convoco al viento cálido a susurrarme nuevo sueño.

Deseo recorrer mis venas, desaparecer a los fantasma del tiempo.

Epístolas a la añoranza

Estimado Duque de F:

Ahora que su misión lo ha llevado a los pies del Corpus Yaciente he recordado mis mocedades; con la nostalgia en la bruma del mediodía queretano, ruego encarecidamente recorra en mi honor y memoria las callejas y edificios en el afán de buscar huellas y trazos de polvo estelar que pudieran haberse quedado escondidos entre los adoquines o en el quicio de las ventanas.

Quizá el edificio que guarde parte de quien fui sea aquel Guardían de las Artes, casona granate de  arcos oreja, cómplices de  la voz adolescente que engalanó Los cuervos están de luto, Aurea o La casa de muñecas… o bien de arcos geranio en guño de pétalos  cuando transitaba de mi clase al vecino salón de baile; ahí, al ritmo del bastón, de plies, mipliés y pas de deux soñábame princesa cisne o aérea silueta en solo ante teatro lleno.

Quizá sea en la casona que se encuentra una cuadra antes del mítico jardín de Abril, esa con escalera en doble hélice en donde siempre me vi bajándola con vestido verde esmeralda, estilo imperio y con peineta emperlada deteniendo los caireles mientras abajo suspiraba el pretendiente de traje entallado, humo desvanecido de sombras de siglos atrás.

Oh amigo, es usted un ser afortunado. No sólo posee el don del Verbo, sino que éste lo lleva del tintero a la punta de la pluma, a ese lugar mítico ubicado en el Centro del país, a la ciudad donde el líquido dio su nombre y el cuarto mes se convierte en verbena. Oh amigo, ojalá adivine la historia de los adoquines, de los árboles universitarios, de las voces que recorren la ciudad. Oh amigo, qué daría por estar en su lugar.

Humedades de medianoche

Deseo tu mirada sobre mi cuello, tu mano acariciando la base del cabello, erizando hasta las raíces mi conciencia mientras crece la humedad entre mis piernas. Te pienso. Cierro los ojos y paladeo tu mano en mis senos mientras susurras “perfectos”. Mi mano se desliza en tu espalda, primero con un suave roce, como tocado por alas de libélula, enseguida la uña del índice cobra vida propia y dibuja en un araño tu espina dorsal mientras la lengua traza espirales en tu oreja.

La uña sobre tu espalda se duplica y ahora dos dedos, dos uñas, recorren los omóplatos signándote mío, por hoy, por esta noche. Dos uñas, cuatro, diez uñas te recorren marcando territorio, la espalda baja, las nalgas, los muslos cual juncos se doblan, me invitan a recorrerlos, pero no, todavía no.

Tus labios de granada se acercan a los míos, los rozan, muerden, besan. Paladeo vodka y refresco de limón, menta y el dejo amargo del deseo, ese que crece entre mis piernas, ese que acrecienta tu centro, que inflama tu lengua y me susurras amores mientras me besas boca, ojos, cuello.

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