Archive for the ‘Relatos, cuentos y mini ficciones’ Category
Encuentros
Mi noche tiene fondo musical y caminar decidido. Giro la cara y veo entre la multitud un rostro familiar; pertenece a un escritor, quien sentado a la orilla de una jardinera retacada de pensamientos, observa el transcurrir de la vida. Siento su mirada. Él percibe la mía. Nos saludamos con un breve movimiento de mano y algo me dicta –para–. Cambio el rumbo de mis pasos.
Él menciona que las veces que nos hemos visto voy a la carrera; noto entonces que mis zapatos con las llaves del mundo me llevan aún más aprisa de lo habitual. Los obligo a detenerse. Platicamos un momento. Él ha vuelto a escribir y es feliz, soy su testigo. Los zapatos inquietos tamborilean los adoquines. El encuentro termina, sigo mi prisa. La plaza llena de gente incrementa el eco del destino a mis pies.
Sueño
La mano abierta para alcanzar los puntos cardinales de mi ser. Los tendones duelen, es necesario cerrar. Los dedos se reúnen, las yemas convergen y forman una pequeña cumbre donde se yergue un castillo resguardado por dragones y monstruos míticos, en donde la princesa aguarda junto con el secreto del alma. Ella murmura en la duermevela: soy el centro que tus manos buscan, soy la estrella que guía tu destino, soy madre, hija, abuela, soy tú, eres yo, somos una, somos hoy.
La soñadora ha llegado a puerto, ha atracado en el corazón.
Instrumento
Hubo una vez una mujer luz que anhelaba ser distinta, quería ser voz. Así, se guardó en fruto y semilla de roble. Esperó. Pasaron décadas. Un laudero encontró a la mujer arbol y la transformó. Hoy brilla en notas y sonidos. Es canción.
Una hoja del árbol
Después de años de leer a Agustin Fest en su árbol de los mil nombres, resulta que gracias a una convocatoria en facebook uno de mis textos es ahora hoja: http://arbol.milnombres.net/wp/2009/12/21/invitada-los-calzones-de-la-princesa-peach/
En el piso de piedra están las plumas de los restos de una almohada y unas pantaletas de encaje color durazno. En la cama yacen una mujer rubia y algo regordeta y lo que parece su compañero tapado con un edredón. Ella suspira con una sonrisa pícara en el rostro dormido. Sueña.
En el sueño vive en el hogar de sus padres. El castillo está rodeado de jardines y alguien es el encargado de su cuidado. Ella juega en el pequeño lago y corta flores. Las rosas son sus favoritas. Espinarse le da el pretexto perfecto para hablarle: ―Señor jardinero, me acabo de espinar, mire, me sangra el dedo, me duele―. Él, caballeroso, siempre respondía con un beso en la herida y una mirada cuyo resultado era la humedad en las pantaletas de la chica.
El jardinero sólo se atrevía hasta ese beso. Ella tampoco sabía cómo llegar a más sin perder el honor del que tanto hablaba la reina. Pasó el tiempo, como dice en los cuentos, y la chica no lo fue más. Una tarde bajó al jardín decidida. Cortó un ramo de rosas y lo abrazó. Las espinas se encajaron en sus brazos y en su pecho. Presta, buscó al jardinero. ―Querido amigo ¿has visto? Me lastimé aquí y aquí, me duele―. Él, como siempre, le besó el dedo y luego subió la mirada. Los ojos de ella invitaban a seguir. Los labios besaron el antebrazo, la lengua siguió hasta llegar a la siguiente herida. Un beso en la clavícula y otro suave, apenas esbozado, en el seno derecho. Las manos de ella aferraron el jubón. Él siguió. La mano rozó entonces el seno izquierdo, lo apretó un poco, lo justo para sentirlo bajo el terciopelo. Los labios buscaron la otra boca. Besos de cerveza y licores finos. Las manos recorriendo la espalda del otro entre caricias ella, buscando el cordel que ataba el vestido él.
Por fin, cae la ropa. El terciopelo es ahora la alfombra bajo la que ella siente el peso del hombre, el encuentro de los centros al ritmo de la respiración. Jadeos y caricias en el pecho, la espalda, besos en los senos y las manos que bajan hacia las nalgas. Más rápido, los jadeos son menos, sólo se escucha la respiración entrecortada y el ruido de la piel que roza húmeda de sudor, deseo y un poco de miedo, del susto de ser descubiertos. El ritmo disminuye mientras ella arquea el cuerpo y siente cómo su cuerpo se parte en dos al estallido de él. Su mano atrapa el pelo, gime, lo besa en la barbilla, el cuello, la boca. Gime de nuevo y entonces sucumbe al estremecimiento que hace que todo tenga sentido.
Despierta, ve su ropa en el piso, él tendido a su lado. Los calzones parecen burlarse del poco control de la princesa. El edredón se mueve un poco mientras la garra de una tortuga dragón, que una vez tuviera de oficio el cuidado del jardín, la abraza.
Laberinto XVI
Otra vez en este impasse de nada, de tiempos varados en la playa de este laberinto, el de siempre.
Que suene el teléfono, que timbre el mensajero, que de la hora de salir… Es igual.
Siempre a la espera de algo, de ese futuro que nunca llega y lo único que logra es alargar los tiempos. El presente no es, puesto que no transcurre, sólo quedan en el piso los minutos muertos. Han pasado tres horas, dos días, un semestre y descubro que sigo instalada en un lugar parecido.
Tuve la ilusión de caminar. Me detengo un instante y veo el paisaje; es el mismo. Una playa desolada, nadie cerca, sólo sombras de quienes pasean cercanos, sus presencias son nubes que dan sosiego la vida en el laberinto. En este momento sólo queda prepararse como el guerrero, lista para otra batalla, por si es, por si no.
Nostalgia de mar
Quiero escuchar las olas, y caminar justo en el borde del agua, ahí donde la arena está húmeda y existe el riesgo de mojarse por un instante, sólo si la ola rompe más cerca de los pies. Luego ver las huellas borrosas y quedarse quieta un rato hasta que el mar se las lleva a paseos infinitos. Parten las huellas y los sueños inconclusos, se borran las huellas y los miedos, y la espuma besa el arco del pie, se mete entre los dedos, invita a adentrarse en el océano.
Anhelo sentir el agua en ese juego indeciso acariciando mis pies y las cosquillas resultantes de la arena deslizándose cuando las aguas se retiran. Y un paso más, y otro, y brincar la ola rompiente con el agua hasta las rodillas y correr hacia cualquier lado, siempre paralela al mar. Sumergirse es divertido, sin embargo, no tan sensual como ese coqueteo discreto.
Mar, oh mar, a mar, amar. Qué fácil resulta jugar con el mar, la mar. Cursi quizá, sin embargo, este es el humor resultante de pensar en el mar. En los atardeceres rojos de Vallarta, con el pueblo de tejas a la espalda y el océano infinito a los pies mientras el sol se desliza hacia las profundidades.
Por eso hoy lanzo una botella que ha de llegar al mar mientras suspiro en una oficina y pienso en el sabor a mar.
Ausencias
Madrugada. Una cama vacía. No queda huella de tu presencia, tampoco permanece la marca que habías dejado en mi espalda.
Las piernas susurran tu nombre cuando rozan despacio contra las sábanas mientras el pie derecho recorre lento la piel de la otra extremidad llamándote, convocando el escalofrío de la mano, de la lengua que subía por el empeine, beso a beso, a la espinilla, la corva, el muslo; un alto para permitir a esos ojos traviesos encontrarse con los míos; mirada cómplice, invitante. La piel incendiada obligaba al resto del cuerpo a moverse, la pierna izquierda abrazaba tu espalda con la lentitud de una gota de lluvia primaveral, para con la misma velocidad acariciar la superficie acerada, bajaba a las nalgas con una insinuación: —continúa, sigue—. Amable, tu cuerpo correspondía. Centros concéntricos en unión. Mástil, embarcación, puerto húmedo, gozo profundo de la caricia interna y de las palabras apenas pronunciadas entre jadeos, frases construidas por los cuerpos en juegos y batallas, lugares comunes del deseo.
La cama sigue vacía y mi mano se agotó de recorrer tu ausencia, deseo nuevas tintas en la piel, palabras aún por pronunciarse que conformen otra historia —incluso en tu voz, una vez más—.
Epístola a bordo de quimeras navegantes
Por gracia de la ficción voy junto con otras viajeras a bordo de una nave de locura, tras los pasos de un Ulises fugado, y desde la paz relativa del camarote, escribo unas cuantas líneas con respecto a la travesía a mi amiga, la Señora C, de la cuál somos corte acompañante:
Querida, vayamos pues en busca de rumbos diferentes en medio de esta mar embravecida de sal, de sol, de soledad. Vamos, enloquecidas puesto que sólo así es una capaz de arriesgar el ser en pos de un amor, acompañándola en su búsqueda, y cada una en la propia. Todas esperamos encontrar.
Nuestro valiente capitán ha sufrido un accidente menor (se ha tirado por la borda siguiendo el canto de un tritón y el precio del rescate fue un tobillo luxado), y el hecho de observar –como lo hace el Caballero De Lira– el rumbo a través de un caleidoscopio pareciera peligroso, sin embargo estoy convencida de que es la única manera de arribar a alguna orilla distinta, porque el problema de los catalejos es que sólo muestran el camino habitual, y ¿estamos seguras que ese es el rumbo que habrá de guiarnos?
Así, preocupada porque el mareo descomponga el estilo, bordo una nueva vela, compongo un verso, sueño con el día –la noche ,mejor– cuando el hombre real no sólo aparezca, sino que permanezca presente, lado a lado.
Suya siempre,
Lady I
Pasado murmurante
Una cama en el centro de la habitación; las mariposas y catarinas, verdes, moradas, con puntos rosas y amarillos, velan el sueño de la promesa humana que reposa el cansancio de crecer. La niña sueña un transuniverso en el cual giran pequeños planetas, planetoides, cuasiplanetas en espiral eterno e infinito interrumpido sólo por la aparición del alba. También imagina una hermana con quien compartir juegos y desamores, los dulces robados después de la comida y la amargura de sangre en los labios al despertar gritando tras la pesadilla. La pequeña transforma la habitación cuadrada en cosmos circular, flotante, habitado tan sólo de un par de camas gemelas. Una de las camas la usa para dormir, en la otra juega con las cobijas: arma un refugio, una casa en la que habita una pequeña familia con dos hijas. La niña sueña y mientras lo hace, murmura.
Mundo pequeño, instante preciso en el tiempo. Caricia con la palabra futuro grabada en fuego. Deseo. Despertar adolescente que descubre diminutas protuberancias en su pecho; ha dejado atrás la infancia. Olvidada está la muñeca de ojos verdes y trenza francesa, el vestido con florecillas bordadas en tonos pastel, el juego de té color durazno. Ojos entrecerrados al pasar el dedo sobre la piel, vislumbrando semicírculos voluptuosos, deseo erguido en frío, forjado en el calor de la caricia a manos del amante, del que nada sabe, aquel hombre tan sólo hilvanado en un tiempo verbal todavía no conjugado. El murmullo signa lo que ha de ser: este instante.
Obra escultórica: Pilar Bañuelos
Fotografía: Alberto Tarragó
Espístola desde un lugar al otro lado del espejo
Esta carta no tiene destinatario, puesto que –al parecer– habito ahora en ninguna parte, en ese reino misterioso que existe al otro lado de la realidad.
Todo comenzó una tarde estival en la que charlaba con algunas damas de la corte sobre amores, desamores, demonios y otros tormentos que todos habremos de enfrentar. En algún momento pedí prestado el espejo de la Señora C. En lugar de mi acostumbrada faz, vi la imagen de una gorgona, con todo y los cabellos serpentinos tan habituales en dichos seres.
Antes de convertirme en piedra, cerré los ojos y sin un adios dejé mi alma huir hacia el espejo.
El mundo acá, es distinto. Una prisión translúcida separa mi alma de todo aquel quien ose acercarse; el deseo de adueñarse de todo habita mi cuerpo, invade cada mueble, el tapiz de flores, los jardines de Palacio y espanta a los valientes que observan de reojo al espejo. No he de regresar a la corte mientras el monstruo no esté domado.
La rabia arde, me obliga a vomitar el miedo y cuando estoy libre de mi, puedo darme cuenta de que la prisión es sólo mía, igual que aquella otra en la que esperaba crecer, no hay tales fantasmas persiguiéndome, son sólo los compañeros de siempre, esos a quienes hay que aceptar para verlos en dimensión. No han de vencerme, ya no.
Así, gracias a las palabras epistolares de un Barón y un Consejero de Reyes y Eminencias, me atrevo a soñar con el retorno. Después de todo, el otro lado del espejo es igual.


