Archive for July, 2009

A doce años

Una madrugada del veintinueve de julio me despertaron unos dolores intensos en la base de la pelvis, avanzaron como en carrera por llegar, hacia el ombligo y ants de que pudiera yo pensar, un dolor más intenso aún, comenzó en la espalda. El momento había llegado. Eran contracciones de parto, y tú, hijo, estabas por nacer en unas horas más.

Fuimos al doctor en la mañana, siguiendo las instrucciones del curso –sólo llamar al médico cuando las contracciones se establecieran a un ritmo constante de 3 en no recuerdo cuantos minutos–. Y para no entretener el cuento, naciste a las doce horas con cuarenta minutos de un medio día de hace doce años.

Este año es diferente, porque no sólo cambias de grado escolar, por fin terminaste una gran etapa y la secundaria será ahora tu destino. Eso significa que has dejado de ser mi niño, ahora eres un muchacho, o estás por serlo, y de aquí en adelante estoy segura de que veré cómo cambias de intereses, de cuerpo, de juegos, de pláticas. Sólo te pido que en esos cambios sepas que siempre estoy aquí, para ser confidente, enfermera, consejera, apoyo en las tareas, aliento y porras, pañuelo de lágrimas y contenedor de emociones. No lo olvides.

Erick, hijo, feliz, feliz cumpleaños.

Invocación de lluvia

Truena. El cielo refleja mi grito de ansiedad. Truena. Deseo verte. Truena. En este instante, no estás.

Comienza a llover. Las gotas acarician las hojas tal como quiero que acaricies mi brazo: recorriendo milímetro a milímetro con la humedad de tus labios su forma hasta llegar al hombro, al cuello para ahí dejar la suavidad del recorrido. Sólo entonces tomarás mi cabeza entre tus manos para besarme de a poco.

Contrae, dos, tres, release en dos, tres…

Reviso el calendario y julio se extingue, bueno, se acerca a la recta final y este espacio desfallece por sequía de palabras. Así que me di a la tarea de resumir mis andanzas vacacionales.

Julio comenzó con mi cumpleaños al ritmo de salsa para después viajar un poco hacia las montañas queretanas, hacia Jalpan y la Sierra Gorda. Allí me descubrí capaz de meterme en un río con rocas y agua fría o de zambullirme en una poza a pesar de las algas, o de la paz que se siente en una pequeña iglesia construída por un fraile franciscano mientras se pide por quienes se quiere. Además la experiencia fue semillero de un escrito sobre vagabundos que he de terminar para antes de que las vacaciones terminen.

El regreso a casa llegó acompañado de trabajo corporal intenso, pues me inscribí en un curso para bailarines de técnica Graham. La cuestión no fue sencilla. En la primera clase sentía que en cada movimiento mi cuerpo desprendía óxido, y hoy, dos semanas y media después, por fin va tomando forma y limpieza cada secuencia. Tengo las rodillas llenas de moretones por que mi piel es delicada y cualquier toque con la duela en las caídas deja huella; siento los muslos con trabajo y la espalda ha trabajado como loca. Hoy, incluso, sentí manos-alas y pienso en las tiernas palabra de una amiga de infancia: tienes alma de bailar con eso en mente, llegue a donde llegue con la contracción-release, se que el capítulo 38 de mi vida puede comenzar con un: Comencé bailando, crucé a nado un río y me se capaz de volar.

Epístola a un vagabundo de fuego

Vagabundo, tras las huellas ardientes de una mujer estrella, sigues sus pasos sin pensar a donde te llevan. Quizá fue sólo inspiración momentánea lo que te impulsó a salir de tu mundo cómodo, a huir del espiral rutina de tu vida diaria.

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