Hace cosa de unas horas, unos días, unos meses (qué se yo) algunas personas de mi pasado comenzaron a aparecer, en mi vida, mis recuerdos, las revistas, Internet… Quizá algunas de ellas fueron convocadas –por ejemplo, cuando escribí sobre las coincidencias– quizá sólo sea la necesidad de recoger mis pasos antes de dar un salto, quizá sólo sea la edad.
La cosa es que desde ese post en agosto, sucedieron otra serie de reencuentros. Ví a Alberto Viveros, un amigo muy querido y director de las revistas HA!, pues gracias a él conocí el fascinante mundo de la Comunicación; conocí a su familia y comprobé que la distancia y los años no hicieron mella en nuestra amistad. Ese mismo día por la mañana, desayuné con Lena, aquella cómplice de infancia, sueños y caminos paralelos, porque estaba en la ciudad por cuestiones de trabajo.
A principio de año, comenzó de nuevo, porque una ex-alumna de la Neill y su hermana descubrieron el escrito y de ahí los recuerdos se desataron como locos; recordé los cuentos que Carlos (el director) inventaba para nosotros, tal como lo hacía A.S. Neill en su Sumerhill, a mis compañeros, a las maestras Irma, Sol, Elsita, Nuria, las asambleas, los talleres de barro, cocina, pintura, teatro, el salón de música y las proyecciones de películas de Ramón Bravo y Jaques Coustou, incluso la casona en la que estaba la escuela.
Justo en esa semana de recuerdos, la tarea de Alan fue: pregúntale a tus papás cómo era su escuela cuando eran niños… Ataque de risa de por medio, el viaje siguió, porque se sumaron más pasos.
Como es casi obligado, platiqué sobre Camohmila, el campamento al que íbamos estudiantes y maestras una vez al año; de ahí me encantaban las fogatas y las representaciones de teatro la última noche, las visitas a Tepoztlán, y ahora hasta recuerdo con cariño subir al Tepozteco, con todo y lo cansado que era.
Bueno, Camohmila pertenece a la Guay, a la YMCA México, y también en las instalaciones de la Guay Ejército pasé unos años, de los 10 a los 15. Nadé, soñé ser gimnasta y aprendí a bailar tap-tap, jazz y hasta un poco de hawaiano. Lo curioso –de nuevo– es que la semana pasada Carla y yo platicábamos de la Guay, porque visitó las instalaciones de la Universidad.
Entonces, pienso que no son coincidencias. Necesito antenas más finas y procesar mejor que todo eso fue una ayuda para que sea quien soy, en este empaque, con mis defectos, virtudes, fortalezas y debilidades; gracias a estos lugares y a quienes compartieron momentos valoro, pienso y siento de una manera particular; al final, creo que por esto me arriesgué y estuve en el Zócalo con más de 18 000 personas para las fotografías de Tunick, canto a Silvio a todo pulmón, escribo un blog.
Pd. En la foto estamos mi hermana y yo antes de un festival de fin de cursos, en donde bailé una danza húngara (como muestra del taller de bailes en el que me inscribí en segundo de primaria).