Archive for October, 2007
Noche de brujas
Hoy es noche de brujas (de hadas, sirenas, creyentes). Ellas -nosotras- salen, bailan a la luz de la luna o con el neón de la discoteca, cazan hombres, deseos, miedos o ilusiones. Realizan ritos extraños, como preparar la cena, contar el cuento antes de dormir, ver la televisión, escribir un rato, un cuento o un blog.
El último día de octubre, víspera de muertos, queda acompañado de conjuros dichos en un susurro, en pensamientos, en oración. Esta noche sólo pido fuerza, luz, inspiración; no te pienso, hoy no. Mañana quizá.
Sin calderos, escobas y verrugas, ataviadas con mezclilla, pants, suéteres o blusas de veranillo, simplemente mujeres vivimos, reimos, incluso damos dulces a los pequeños que disfrazados, auyentan al miedo.
Hoy mi deber era
Hay días en que el deber y el placer conviven en una sola tarea, un lugar, un tiempo; hay otros en donde gana alguno de los dos.
Hoy desearía volar y estoy en mi oficina, con los dedos helados, sin reunir el tiempo para contarles de la experiencia del potaje y de los cuentos que generó en mí.
Así, tomo las palabras de quien pone soundtrack a mi vida y canto:
Hoy mi deber
Silvio Rodríguez
Hoy mi deber era cantarle a la patria
alzar la bandera, sumarme a la plaza
hoy era un momento más bien optimista
un renacimiento, un sol de conquista
pero tu me faltas hace tantos días
que quiero y no puedo tener alegrías
pienso en tu cabello que estalla en mi almohada
y estoy que no puedo dar otra batalla.
Hoy yo que tenía que cantar a coro
me escondo del día, susurro esto solo
¿Qué hago tan lejos dándole motivos
a esta jugarreta, cruel, de los sentidos?
Tu boca pequeña, dentro de mi beso
conquista, se adueña, no toca receso
tu cuerpo y mi cuerpo cantando sudores
sonidos posesos, febriles temblores.
Hoy mi deber era cantarle a la patria
alzar la bandera, sumarme a la plaza
y creo que, acaso, al fin lo he logrado
soñando tu abrazo, volando a tu lado.
Tercera llamada comienza…
Hoy es el día. Hoy después de cinco semanas de esfuerzo, por fin es el Potaje Exótico, una muestra de talento y dedicación, arte y pasión.
Ayer por la noche estaban en casa un músico, guitarrista, un corresponsal televisivo, tres escritoras, una magnífica productora de eventos, tres fotógrafos y la magia que ha rodeado a este evento. Así, aunque será dicho de viva voz, agradezco a todos quienes han compartido este sueño, a quienes lo compartiran y sobre todo, a las maravillosas chicas NIX que lo han hecho posible.
Juegos laberínticos
Cierro los ojos y sólo saboreo. Mi lengua paladea uno a uno los dedos de tus pies: el pequeño es terso y cabe a la perfección en el hoyuelo formado con la punta de la lengua; el índice juguetea nervioso con las cosquillas que las papilas le causan; en cambio al pulgar lo muerdo mientras subo la mirada y observo tu cara. La lengua para. La mano adquiere naturaleza vegetal y como cissus trepa por tu pierna, despacio, alargando cada dedo hasta que cubre lo máximo de superficie y luego se recarga, acaricia, deja su huella para avanzar un poco más arriba -la planta hacia el sol, mis manos sólo más arriba-.
Te beso y el sabor a aceituna llena mi ser. La superficie es de consistencia carnosa, suave, salobre y con un dejo acre. Suspiro y de nuevo cierro los ojos.
Noticias
Estos días se me van entre preparar el potaje con polvos de hada y poderes de hechiceras y sobrevivir en la oficina.
Claro, además está mi vida editorial, de madre y esposa. Siento que de pronto las horas se me escurren y pasmada sólo alcanzo a pestañear.
Tengo el hombro lastimado y deseo, suspiro por unas vacaciones, de menos un fin de semana donde pueda desconectarme… claro, con el potaje casi a punto de ebullición, eso será hasta fin de mes.
Dejo un beso a todos y sigo al pie del cañón, sólo más atareada que de costumbre.
Segunda llamada, segunda
NIX: Creativos imaginarios presenta: Potaje exótico número 1…
Danza, teatro, gotas de trabajo arduo, magia pictórica y fotográfica, literatura a granel, danza, interiorismo, joyería, video, revistas, música y más… vista, tacto, escucha. Y para no decir más, les dejo el cartel de invitación y los esperamos.
Y acá hay un poco más de información.
La mágica historia de Joaquín (5)
Pasó un mes y Joaquín era un niño un poco más obediente, comía igual, o sea, casi nada de brócoli ni jitomate, y evitaba el arenero de la escuela —no le traía buenos recuerdos—. Hasta que una tarde el niño abrió el cajón de los calcetines y recordó el palillo ese que tenía guardado. ¿Tú qué harías, lo dejabas ahí, o corrías el riesgo de averiguar qué era esa cosa y si tenía algún poder?
Joaquín decidió investigar. Al día siguiente, un sábado, pidió permiso para ir al parque-barrotes. Tomó una mochila y en ella guardó varita, termo con agua, tres muñecos, siete cochecitos, galletas y silbato. En el parque jugó a las carreras e hizo historias con los monitos, espantó a dos perros y se detuvo en la fuente, recordando cuando fue agua. Cobró valor y metió la mano a uno de los chorros para reír con las cosquillas que sentía en su palma. Contento, sacó las galletas, las dejó en el suelo y buscó en el fondo de la mochila la varita. Tomó asiento junto a su árbol favorito y se imaginó mago. Agitó la vara como había visto en las películas y comenzó a decir frases sin sentido. Como nada pasaba, el niño continuó jugando hasta que dirigió la varita hacia él y dijo “eria”. En ese momento, sintió un remolino de viento alrededor suyo, vio colores que lo rodeaban y notó cómo su cuerpo perdía peso. El niño se había convertido en aire.
Joaquín pensó que el viento podía hacer más cosas que el agua, el fuego o la tierra; el viento era libre. Así que para probar su nuevo cuerpo etéreo, vaporoso, dio vueltas a su árbol, primero en la base y después subiendo entre las ramas, jugueteando con las hojas, agitando las flores. De allí, se lanzó a las copas de otros árboles, a los matorrales, los columpios, la resbaladilla y, claro, a pasar entre los barrotes de colores; movió levemente el pasto e investigó las casas cercanas. La verdad es que no se atrevía a ir más lejos; por una parte, porque no sabía cuánto duraría el efecto, y por otra, le daba un poco de miedo ir solo a lugares que no conocía.
Así que el resto de la tarde fue viento travieso o tierno, que acaricia las mejillas de los bebés o alborota el cabello, tira las hojas secas de los árboles o llena de tierra la cara de los pequeños. En algún momento, ya cansado de jugar, Joaquín sintió hambre. Intentó tomar las galletas del suelo, pero lo único que conseguía era mover la envoltura. También trató comerse de unas papas que una niña olvidó sobre un banco, y de nuevo sopló, tiró e hizo crujir la bolsa.
Cuando llegó el atardecer, el niño-viento se dio cuenta de que el efecto había durado bastante, y con la sensación de piquetes en la panza y sudor en las manos —si hubiera tenido—, decidió que sólo quería ser niño y regresar a casa. Estaba fastidiado de soplar y volar. Con la esperanza de una cura mágica, Joaquín voló hacia su casa, para encontrarse con las ventanas cerradas y a su familia platicando muy a gusto —no vayas a pensar que no se preocupaban por Joaquín, en realidad planeaban una búsqueda, porque se tardaba mucho—. En ese momento, el niño-aire deseó muchísimo ser persona, hablar, reír, ser visto, porque al viento lo sentimos, pero nada más. Intentó tocar la ventana y gritar, pero ¿has escuchado al aire hablar? Lo único que pudo hacer fue estrellarse contra el vidrio, pero nadie le hizo caso.
Joaquín pensó colarse bajo la puerta cuando un aire templado lo movió hacia el jardín, y así de repente, un viento helado empujó al cálido (con Joaquín incluido) y formó un pequeño remolino que hizo volar hojas y tierra; cada vez más fuerte; Joaquín intentó salir, pero el choque de vientos lo atrapaba hacia el centro, agitándolo de un sitio a otro, incluso lo se estrelló contra las casas y los coches de los vecinos. El niño-viento era jaloneado, arrastrado y estirado por los aires encontrados. La temperatura bajaba, el vendaval arreciaba y el niño-aire parecía una hoja flotando de aquí para allá. Con un poco de suerte, el viento se calmó un poco, y Joaquín aprovechó para regresar al parque, volando lo más cerca del suelo posible.
Joaquín estaba triste y desconcertado; pensaba que eso de ser libre, era algo solitario y también había reglas, porque el viento sólo puede hacer algunas cosas; otras, como sentir el beso de una mamá, el abrazo de un hermano, la caricia de un papá, no. Así, triste, regresó junto a su árbol y lloró, bueno, no derramó ninguna lágrima en realidad, pero la tristeza que lo llenaba era la misma. ¿Qué hubieras hecho en ese momento?
Mientras tanto, Eylyn presintió que algo andaba mal, buscó su cajita escondida y descubrió los faltantes: tres frascos y la varita. Con los ojos como plato y el corazón latiendo como después de correr mucho, dijo a su familia:
—Voy por Joaquín al parque, regreso pronto.
Y salió antes de que su esposo pudiera decir nada. Corrió, olvidando sus tacones, tropezó, se levantó y siguió corriendo hasta que llegó a su destino. De inmediato pensó como espíritu de la naturaleza y buscó los frascos, la vara o algo en el pasto, los matorrales, el agua, que le diera pistas sobre el niño, que seguramente estaba encantado. Al pie del árbol encontró la varita y notó que el pasto se agitaba suavemente, igual como se mueve si lo soplas. Al decir el nombre de su hijo, sintió la caricia del viento en su cara.
— Joaquín, mi niño, ¿eres tú? Para saberlo, mueve las hojas de ese rosal.
Y las hojas se movieron. Segura entonces de haber encontrado a su hijo y cuidando que no hubiera personas alrededor, Eylyn tomó la varita y dijo palabras extrañas: “Oñiñ ne etamrófsnart eria”. Y el niño sintió como si lo inflaran: primero por los dedos, y la panza después, para acabar con la cabeza; también sentía como si lo picaran con alfileres, vio luces de colores y se mareó como después de dar muchas vueltas.
Por fin era niño, y estaba sentado bajo el árbol. Era noche. Entonces no pudo contener las lágrimas, abrazó a su mamá y la vio a los ojos para decirle sin palabras lo mucho que la quería y lo agradable que era tener cuerpo. Joaquín leyó, en los ojos y los besos de ella, el susto que pasó y lo que una mamá puede amar a su hijo. Era fantástico sentir de nuevo las caricias de otra persona.
Cuando ambos estuvieron tranquilos, Eylyn guardó la varita y le platicó a Joaquín de su pasado, de cuando cuidaba a la naturaleza ayudada por esas cosas que estaban a buen resguardo en la caja. El niño entendió, sin que fuera necesario que alguien se lo dijera, que este era un secreto de esos que no se dicen, porque imaginaba a científicos, maestros y políticos investigando a su madre como a un bicho raro. Así que la abrazó, prometió no decir nada, y tomados de la mano, regresaron caminando a casa.
Este es el final de la historia. Joaquín, al ser un niño como muchos otros, de vez en cuando fue regañado o se peleó con su hermano; pero también se esforzó por hacer las tareas, terminarse la comida (hasta el brócoli) y, en especial, cuando tenía ganas de discutir las reglas o desobedecer, recordaba cómo era ser agua o fuego y las reglas que tuvo que seguir, o el hambre que pasó, o lo solitario que el aire está. Entonces descubría que obedecer no es tan difícil, y sonriente, hacía lo que un niño, como tú o como él, tiene que hacer.
La mágica historia de Joaquín (4)
Ser agua y fuego no era lo que Joaquín imaginaba, así que esperó cinco largos días antes de intentarlo otra vez. En esta ocasión, Joaquín tomó con delicadeza un frasquito parecido a una esfera de navidad, plateado, redondo, frágil; lo envolvió en bastante papel de baño y se lo llevó a la escuela. A la hora del recreo, fue a lo que él llamaba el rincón mágico, junto al arenero, y abrió el frasco. Adentro había unos cuantos chochitos que parecían chocolate o café, medio amargos unos, empalagosos, otros. Cuando masticó el último, el niño comenzó a sentirse pesado, m u u u y pesado, y al sentarse, notó unas moronitas alrededor suyo. Cerró los ojos, cansados y secos, e intentó recostarse; al hacerlo cayó en granitos: una parte en el jardín y otra en el arenero. Joaquín pensó en lo extraño de la situación, porque eso de estar en dos lados diferentes al mismo tiempo era como de caricatura, ¿no? Ahora lo único que tenía que hacer era unirse y después ser libre, igual que la tierra, que nadie la mandaba, ni tenía que hacer tareas.
Como Joaquín estaba entretenido imaginando qué haría con su libertad mineral, no se dio cuenta de que Óscar y Sofía se dirigían al arenero. Cuando la niña vio el reguero de tierra (que era Joaquín, pero ella no lo sabía), tomó una de las palas y la tiró junto a un árbol, mientras Óscar mojaba la arena para fabricar castillos. Así, Joaquín notaba cómo una parte de él trabajaba para ayudar al árbol a crecer, y la otra era juntada, arrimada, acomodada por alguien más, nada más lejos de ser poderoso, tenía una labor más pesada que ayudar en casa o hacer la tarea; ya no era divertido. Joaquín quería llorar o gritar, pero ¿has visto que la tierra o la arena hagan algo parecido?
Cuando llegó la hora de la salida, Joaquín notó algo diferente, comenzó a sentir su cuerpo cubierto por arena, y descubrió que el efecto había pasado. Trató de mirar y vio. Era niño otra vez. Así que se sacudió con cuidado, recogió sus útiles y trató de esconderse de la maestra para que no lo regañara por no faltar a clase. Ella estaba junto a la puerta; vio a Joaquín, movió la cabeza, con ese gesto que tienen los adultos para decirte que algo estuvo incorrecto, y le dio un papel donde estaba anotada la tarea.
Joaquín llegó a casa, muy serio, y después de comer en silencio —haciendo como que no veía las miradas de sus papás o su hermano—, comenzó con la tarea, y cuando en la noche su mamá le preguntó sobre la cantidad de cosas que le habían dejado en la escuela, el niño sólo suspiró y la abrazó fuerte. Eylyn estaba preocupada, pero conociendo a Joaquín, nada le preguntó, ya habría un momento para hablar.
Continua…
La mágica historia de Joaquín (3)
Al día siguiente, Joaquín había olvidado el susto de ser agua, así que se animó a probar con otro frasquito. Este envase era de vidrio opaco y naranja, y al abrirlo, el niño descubrió un polvo rojo oscuro. Como no sabía muy bien qué podría pasar, tapó el frasco, se encerró en su habitación y, más tranquilo, puso un poco del polvo en la mano.
Esa cosa, además de parecer chile molido, picaba y calentaba la lengua. Joaquín notó que aparte de la lengua, también sentía la panza caliente, y los brazos, las piernas y la cabeza… Cuando volteó a ver su mano, la vio envuelta en llamas; y lo mismo sucedía con el resto de su cuerpo. De momento, sintió que algo en el interior de su estómago brincó, como si estuviera lleno de ranas con hipo, luego se acordó de ese personaje que se convierte en antorcha y el asunto le gustó más.
Para su buena suerte —y la de sus papás, porque así no incendió la casa—, la ventana estaba abierta y salió de un brinco al baldío de junto. Allí, comenzó quemando unos pastos secos, y como eso lo hacía crecer, continuó con ramas, montones de hojas y de basura que los jardineros descuidados aventaban allí. Joaquín era un fuego grande y poderoso. Nadie se atrevería a ordenarle nada, él dominaría al mundo.
En eso estaba cuando notó que no había ya nada por quemar, y comenzó a achicarse, como le pasa al fuego cuando la madera o el gas se acaban. Asustado, reunió sus flamitas y chispas que andaban por ahí desperdigadas, y se sentó abrazando sus rodillas. Esta vez se cuidó mucho de no llorar, no fuera a ser que se apagara… Y cuando sólo era un carbón apenas encendido, el efecto de los polvos mágicos terminó. Joaquín, todo sucio y tiznado, regresó a casa, cuidando que su mamá no lo viera. Puso su ropa a enjuagar, se bañó, hizo la tarea, y debido al cansancio, tampoco discutió ni desobedeció.
Continua…
La mágica historia de Joaquín (2)
Al día siguiente, en el parque, tomó un frasco con forma de trapecio, como una pirámide chiquita; estaba lleno de un líquido azul intenso y brillante, con estrellitas y burbujas que parecían pequeños cristales de sonrisas congeladas. Despacio abrió el frasco, cerró los ojos y tragó el contenido. ¡Zaz!
Joaquín empezó a temblar, luego se alargó como chicle, se encogió como un resorte cuando lo sueltas, y quedó en el suelo, como un charco después de la lluvia, pues eso era. El niño se convirtió en agua. Joaquín rió muy quedo y se deslizó hacia la fuente, igualito como las gotas escurren en los vidrios cuando llueve. La fuente estaba hecha de chorros que brincaban de un lado a otro, así que más pronto que luego-luego, Joaquín aprovechó su condición líquida y se mezcló con un chorro a punto de saltar. El poder hidráulico lo lanzó de un lado a otro y el niño-agua se sentía libre, sin reglas, sin tener que compartir nada, sólo era él, jugando. Después de una hora de pasar de un lado a otro y mojar a dos niñas y un perro, Joaquín descubrió que estaba cansado y tenía hambre, así que intentó salir de la fuente. Cuál sería su sorpresa al descubrir que no era tan sencillo, que en cuanto lo intentaba, no lograba juntar todas sus gotas; además, con el sol que hacía, se sentía borroso: se evaporaba, como le pasa al agua cuando está mucho tiempo al sol. Joaquín quería llorar, pero descubrió que no podía: las lágrimas son agua, y el agua por sí sola no produce más.
¿Qué hacer, cómo pedir ayuda? Puedes preguntarte qué harías tú. Joaquín pensó en su mamá y, por purita coincidencia, el efecto de la poción terminó. El niño se agitó como gelatina a medio cuajar, se encogió como pelotita aplastada y se encontró sentado en un charco, justo a la mitad de la fuente.
Con la boca seca del susto, Joaquín corrió a casa, abrazó a sus padres; con el hambre que traía, comió todita la comida —hasta las calabazas—, hizo su tarea y discutió un poco cuando le dieron instrucciones. En la noche, en el rato en que los padres platican, comentaban sorprendidos el comportamiento de Joaquín; como todos los papás, cuando los hijos obedecen o aprenden algo nuevo o hacen un dibujo en el que trabajaron mucho, estaban orgullosos de él.
Continua…




