El laberinto logra extraviarme una vez más. En esta ocasión una de mis yoes se entrampó en voces absurdas, maledicentes, dolorosas. Escuchar -una vez más- estás loca, no sirves, eres demasiado, empalan la razón y despiertan el odio.
La pequeña se transforma en un demonio corto de estatura, con apariencia de quinceañera, largas pestañas, cuerpo fino, apenas delineado en mujer y la mirada abrazadora de quien odia al mundo, quien sólo goza con la destrucción salvaje de aquellos inferiores.
El enemigo se acerca; camina despacio mientras masca un chicle y hojea algunos papeles. Ella, con inocencia fingida, pregunta sobre el trabajo. Él responde y sonríe, la invita a su oficina para dialogar. Ella acepta. La maldad encarna y ella lo destroza: primero con preguntas hirientes -¿cómo es que dices ser inteligente si no sabes plantear un proyecto?, ¿no tienes con quien salir?, ¿eres tan tonto como pareces?-, después con ataques verbales, pequeños arañazos que con rapidez se transforman en latigazos, para terminar con el sacrificio del antiguo depredador. Ni él, ni esa manada de comemiserias atacaría a ninguna de las viajeras del laberinto en largo tiempo.
Mi yo, solitaria y saciada, corre hacia otra puerta para fundirse en la pared y aguardar paciente mi llamada.
Standard Podcast [5:27m]: 
Hoy un hada se hace cargo del blog, porque la autora sueña que trabaja y cuenta los minutos para el fin de semana mientras duerme tocada por el polvo que Nunca Jamás deja caer sobre los mortales.
